La perfección es la base estética de cualquier ideología reaccionaria (o nostálgica, como se le ha llamado eufemísticamente a ideologías bastante parecidas al fascismo). No es una elección arbitraria, es necesaria. Para poder vender un pasado idílico al que volver hace falta construir una idea de ese pasado que lo convierta en deseable, o, al menos, en más deseable que el presente. Evidentemente el presente no es perfecto y, evidentemente también, ningún pasado lo fue tampoco. Por eso se ignora, se esconde o se intenta destruir el error, lo distinto, lo dañado y lo impuro, porque no importa que la idea que se vende sea falsa, importa que sea cautivadora y eso se consigue arrancando todo aquello que puede afearlo. Es pintar, literal y figuradamente, sobre las grietas de las paredes para dejar de ver los problemas. Ese es el proyecto político y el necesario proyecto estético que trae cualquier ideología reaccionaria.
Se podría asegurar que lo estético es el centro de la ideología reaccionaria, no en el sentido de que sea la base desde la que se construye todo lo demás, si no en el sentido de que es la forma primaria en la que se reproduce esta ideología y gana nuevos convencidos. Porque el acto reaccionario siempre se hace en contra de algo (si no no sería una reacción) y por lo tanto siempre va a tener en su contra a quien impulse la idea o el acto original contra el que se reacciona. Siempre hace falta apoyo y la forma más sencilla de conseguirlo es comprarlo. Trump apareciendo con una venda en la oreja después de que el tío que tenía detrás se comiera una bala en el pecho y la iglesia católica construyendo edificios monumentales a los mártires son materializaciones concretas de esta misma idea de perfección.

Lo que es perfecto es necesario, es esencial, es eterno, es inevitable. Es todo eso y mucho más. Vendiéndote como perfecto te vendes de un plumazo como todo lo demás y vendes a los que no están en tu bando como faltos de todo ello. No es casualidad que los oligarcas (políticos, empresariales, religiosos, académicos), cuyos pasados y fortunas están tan manchados de sangre y sudor ajenos, abracen las ideologías reaccionarias e inviertan cantidades de esfuerzo y dinero completamente obscenas en desarrollarlas teórica y prácticamente. La trampa es más o menos sencilla: vender un futuro perfecto basado en un pasado idílico y convertir a todo aquello que no encaje en esa visión en enemigo a destruir. Por conveniencia o por convicción, el motivo no es tan relevante como el resultado (como en casi todo). Y el resultado es una inversión que rivaliza con pocas en una propaganda burda y abrumadora, un bombardeo cultural continuo, efectivo aunque solo sea por la cantidad y que tiene en su centro la idea de la perfección adaptada al contexto que sea menester.
Esta estética perfeccionista es una consigna, una idea genérica desde la que se puede construir en una pluralidad de medios, adaptándose a lo que sea más efectivo, eficaz o eficiente en cada contexto. Es una idea: nosotros somos buenos porque somos perfectos, ellos son malos porque tienen todos los fallos. Una (falsa) imagen homogénea se establece como lo deseable y toda la heterogeneidad como lo terrible y repugnante. Esta es una homogeneidad de representación. Una homogeneidad en quién aparece y cómo, a quién se le asignan las ideas deseables y los mensajes explícitos que se quieren dar. A partir de ahí, todo lo demás es intercambiable.
Puede que el ascenso del fascismo global y la aparición de una tecnología de plagio masivo como es la IA generativa hayan coincidido en el tiempo por casualidad, pero no hay duda de que se ha impulsado y se ha utilizado masivamente desde las ideologías reaccionarias. Para empezar, se adapta como un guante al programa político y económico de la reacción actual, abaratando costes, externalizando negatividades y sirviendo de plataforma para la creación incesante e ilimitada de producto. Y, además, adapta muy bien a esta idea de perfección, que no deja de ser algo abstracta, a un contexto concreto, porque permite alejar el acto de crear, que es algo muy complejo y a lo que se tiene respeto e incluso miedo por la exposición que genera (no necesariamente pública), consiguiendo que un mal resultado pueda justificarse simplemente con las limitaciones de la propia tecnología y a la vez alimentar la creencia de que en el futuro se podrá lograr esa perfección de hecho. Por eso está internet lleno de textos generados con IA que es cierto que no tiene errores gramáticos, ortográficos ni de formato pero que literalmente son incapaces de aportar ideas nuevas. Son textos que parecen reales y perfectos, pero que no tienen sustancia (y a veces ni siquiera sentido).

Hay mucha gente que encuentra valor en este tipo de contenido igual que había mucha gente que encontraba valor en aportar esfuerzo y dinero al rey de turno para que se construyera su décimo palacio. La idea de perfección da seguridad. Porque todos sabemos que tenemos cientos de errores, que somos distintos a la norma de alguna forma, que tenemos partes dañadas y que no somos tan puros como somos capaces de imaginarnos. No podemos huir de todo eso porque vive con nosotros y es parte de nosotros, pero podemos creer en que haya alguien (o algo) que sí sea perfecto, que no cometa errores, que sea exactamente lo que tiene que ser, inmaculado, eterno y puro. Y si creemos que eso, es fácil dar el salto a creer que lo que esa persona (o quien dice ser su representante) propone es lo correcto, no porque hayamos barajado todas las opciones y hayamos entendido en profundidad el problema, si no porque de un ser perfecto solo pueden salir propuestas perfectas.
A mí, por si no había quedado claro, la idea de la perfección me parece una quimera, una cualidad metafísica inobtenible y, por lo tanto, un chiste y una carga absurda. Y creo, porque se deduce directamente de esto anterior, que el error, la diferencia, la impureza y el daño pueden ser útiles y necesarios. También creo que pueden ser nocivos, porque al fin y al cabo todas esas palabras tienen connotaciones negativas, pero no me gusta categorizarlos como únicamente negativos. No creo que todas las crisis sean oportunidades y que sufrir te hará más fuerte, pero sí que creo que algunas crisis te hacen más listo y que sufrir, aunque sea una mierda, es inevitable. Y sobre todo, en relación a este tema, creo que el error y todos sus amigos son los materiales que tenemos para construir el futuro.

Hay una cantidad finita de formas en las que se pueden hacer las cosas con unos conocimientos y unas sensibilidades determinadas y la mayoría de ellas son imposibles. Introducir más variables aumenta esa cantidad mucho más rápido de lo que somos capaces de comprender. El error y sus amigos crean formas inesperadas de conocimientos y de sensibilidad, formas aterradoras y brillantes y, sobre todo, nos dan muchas mas opciones entre las que elegir. El error en la transmisión genética es el que nos ha dado la maravillosa variedad de formas de vida que habitan y han habitado este planeta. Los ingredientes y las técnicas de todo el globo, al juntarse, han creado nuevos platos que entendemos fundamentales en todas las cocinas del mundo. La contaminación de una placa de Petri nos hizo descubrir el primer antibiótico. El sufrimiento de Goya nos dio las Pinturas Negras. Y si, vivimos en un mundo en el que hay malaria y venenos y cánceres y la catedral de la Almudena, pero si no fueran esos horrores los que nos acosaran, serían otros y estaríamos menos preparados para afrontarlos.
Entiendo (o creo que entiendo) por qué la gente podría apoyar una idea de perfección que hace aguas. Y aun así, creo que es un error hacerlo. La inmovilidad no puede ser una solución porque sin cambiar algo es imposible que haya un cambio y lo malo conocido nunca va a ser mejor que lo bueno por conocer. Abandonar esa idea nos exige reconocer que hay cosas que no entendemos o que no tienen solución a la vista. Nos exige esfuerzo y meternos en jardines en los que preferiríamos no haber entrado nunca. Nos exige mucho, pero nos da la certeza real de que si la cagamos, podemos seguir cambiando cosas. El error, lo distinto, lo dañado y lo impuro ayudan a hacernos y a hacer cosas únicas, reales. Debemos perderlas el miedo. Debemos empezar a entender que la heterogeneidad tiene un valor incalculable, incluso cuando trae cosas que no nos gustan. Debemos construir un mundo en el que todas tengan cabida, porque van a seguir existiendo incluso aunque no queramos. Y porque más allá de todo, simplemente es que nadie es perfecto.