Tirar la frase

En 1943 Primo Levi fue detenido como parte de un grupo de partisanos italianos. Se declaró judío para no declararse partisano por el temor a ser fusilado. Esa decisión le haría acabar, unos meses después, en uno de los campos de concentración de los que se componía Auschwitz. Paso diez meses allí, hasta que fue liberado por el Ejército Rojo. Fue uno de los pocos supervivientes del grupo en el que fue deportado allí. El resto de su vida, en sus propias palabras, lo dedicó a contar lo que ocurrió allí. Su libro de memorias más conocido, Si esto es un hombre, es uno de los documentos más importantes del siglo XX a la hora de acercar al gran público los horrores del holocausto.

Una cita se destaca del libro. Si desde el interior del campo algún mensaje hubiese podido dirigirse a los hombres libres, habría sido éste: no hagáis nunca lo que nos están haciendo aquí. Devastadora. Directa. Y al final de un párrafo en el que cuenta su estancia en la enfermería, mucho más soportable que cualquier otro sitio del campo para un judío como él. En la página 30.

View of the main entrance to the Auschwitz camp | Holocaust Encyclopedia
La famosa puerta al campo de exterminio de Auschwitz con la leyenda «Arbeit Macht Frei» (el trabajo os hace libres).

Genuinamente me sorprendió encontrarla donde la encontré. La había leído antes, claro. Es una de esas frases que se repiten en muchos sitios y contextos, simplemente por lo bien construida que está. Es como la del tiempo de los monstruos de Gramsci o la de ladrar y cabalgar que nunca aparece en el Quijote. Suena tan bien por ella misma que no necesita más contexto. Curiosamente, eso hace que en su contexto original gane más fuerza. Cualquier escritor profesional hubiera preparado un capítulo entero para acabarlo con esa frase. Cualquier escritor profesional al que le gustase parecer profundo la hubiera utilizado para acabar todo el libro. Lo merece. Es imposible condensar en menos palabras una emoción tan primaria y salvaje como la que está contando. No puede hacerse mejor. Y Primo Levi la tira en mitad de la nada. Construyó la frase perfecta sobre una de las experiencias más horrendas que un ser humano haya soportado jamás y tuvo el acierto de entender cómo usarla y el valor de usarla como se merecía.

Creo que tengo derecho a considerarme un lector con experiencia. Llevo décadas leyendo todos los géneros y formas que existen de literatura y llevo años escribiendo un blog (que al menos originalmente iba) de literatura. Puede que sea por eso por lo que me encanta encontrarme decisiones que se salen de lo común en la literatura. Contar una historia, real o no, no es solo cuestión de encontrar las mejores palabras y el ritmo que mejor se le adapte. Existe una parte de técnica más o menos cuantificable y normalizable, claro, pero como en cualquier otra cosa solo sirve para que el resultado no sea horrible. No se puede hacer algo realmente bueno de la misma forma que se hace cualquier otra cosa. No se puede escribir una memorias del holocausto de la misma forma que se escriben novelas para aprovechar que un género concreto está de moda. No estoy hablando de una discusión terminológica sobre lo que es y no es arte. No podría importarme menos esa idea. De lo que estoy hablando es de la intención de la obra y de que solo se consiguen cosas nuevas y especiales tomando riesgos. Y de que no se toman riesgos cuando se escribe para tener un libro escrito.

Brazo con tatuaje con el número 73488
Los tatuajes numerados de los prisioneros de Auschwitz son un tema recurrente en el libro. Los presos aprendía a identificar cuánto tiempo llevaba alguien en el campo y a que «remesa» pertenecía con ver el número.

Dudo mucho que Primo Levi pensase demasiado tiempo dónde iba a colocar esa frase. Su intención, como claramente explica en el propio libro, es contar lo que sucedió para que lo supiese todo el mundo. No quería contarlo artísticamente ni comercialmente. Quería contarlo como le salía contar una horrenda experiencia que le dejó a él y a toda su generación marcado para el resto de su vida, hasta el punto de (¿quizá?) suicidarse cuarenta años después. Quería utilizar sus propias palabras para dejar constancia de las cosas que los seres humanos podemos llegar a hacer. Por eso todas las frases que escribió están tiradas sin aparente cuidado. No hay consistencia en su libro más que la cronológica y reconoce en muchas ocasiones que ha olvidado información importante o que le duele mucho intentar recuperarla. Hay nombres borrados, nacionalidades no asignadas, días que duran meses y semanas que duran horas, recuerdos alegres en mitad de la devastación absoluta. Y una idea que le da a todo consistencia: Esta es la realidad que he vivido y que sigo sin poder comprender. Me han intentado robar mi humanidad y han estado muy cerca de conseguirlo. Nadie debería sufrir lo que yo he sufrido. Por favor, sed mejores.

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