David Graeber es autor de, entre otras cosas, un texto de unas pocas páginas titulado ¿Eres anarquista? ¡La respuesta podría sorprenderte!, en el que desgrana a un nivel básico los planteamientos anarquistas y los compara con un puñado de actividades cotidianas como esperar la cola del autobús o tener impresiones respecto a las chorradas que nuestra clase política dice cuando le ponen un micrófono delante. Ese texto es, en realidad, poco más que un juego, unas cuantas ideas simples puestas en conjunto para que tengas algo que darle a tu tía por donde empezar a intentar entender qué es el anarquismo, pero también es, no sé si intencionadamente o no, una destilación de las ideas sobre divulgación de Graeber, el consomé que queda tras reducir todo el caldo de su ideario o un metaejercicio propagandístico, dependiendo de qué término y qué registro se quiera usar.
Si no le conoces (de lo cuál supongo que habrá en torno a un 50% de posibilidades si la audiencia que tengo se parece a la que creo que tengo), David Graeber era un profesor universitario, un antropólogo concretamente, que se dedicaba a lo que se suelen dedicar los profesores de universidad: a dar clases y a escribir sobre sus temas de investigación y, continuando con el espíritu de los académicos de izquierdas del siglo XX, a hacer activismo y meterse en fregados (le llegó a costar el trabajo). Algunos de sus textos son hitos en su campo, textos que tiene que considerar cualquiera que quiera escribir al respecto, bien sea como fuente (el proceso de creación de los textos académicos consiste en abusar de argumentos de autoridad) o como idea a rebatir. Pero como mi experiencia universitaria es limitada y, por supuesto, ni nunca me dio clase ni he participado nunca en ningún proyecto de investigación universitaria, solo puedo juzgarle como autor.

No se si has intentado alguna vez leer textos académicos, incluso aquellos que están más destinados a la divulgación general, pero no suelen destacar por ser agradables. Lógicamente tienden a tratar temas complicados que requieren de vocabulario específico y dependen de grandes cantidades de datos concretos, que por muy bien que se presenten siguen siendo difíciles de asimilar, pero no creo que sea descabellado asegurar que hay una forma de lenguaje concreta, una forma académica, que se utiliza como distintivo, como una forma sutil de mantener alejados a los profanos en el tema y reforzar la identidad de quienes sí lo manejan. No son los únicos, los juristas destacan precisamente por esto mismo, pero aún así lastra la forma de escribir de cualquiera que se acostumbre a leerlo y, por mucho que se quiera, se nota incluso cuando se está haciendo un esfuerzo deliberado por evitarlo. A no ser que seas muy bueno, claro.
David Graeber era bueno. ¿Apreciación subjetiva? Si, ¿y? Estoy convencido que de cien personas a las que presentases algún texto de Graeber, más de la mitad te dirían que tiene la calidad literaria suficiente para conseguir lo que se propone. No creo que se pueda decir lo mismo de la grandísima mayoría de académicos de profesión, ni siquiera de la grandísima mayoría de académicos de profesión que se dedican a la divulgación. Además, como plus, me gusta pensar que su estilo es una consecuencia directa de sus ideas, en buena parte porque me deja muy bien a mi también, que comparto muchas de ellas, pero también porque creo que es una deducción razonable: el tío que considera que a la gente que generalmente tiene menos tiempo y/o educación es la gente que merece la pena escribe para que quienes tienen menos tiempo y/o educación puedan leer sus ideas y entenderlas.
¿Cómo se concreta eso? Con un puñado de herramientas repetidas (todos los escritores usan un puñado de herramientas que repiten continuamente, solo que cada escritor tiene un puñado distinto) (los paréntesis innecesariamente largos son una de las mías) que se acercan más a la literatura cotidiana que a la literatura académica, sobre todo en lo que se refiere al tono, herramientas que cualquiera con un palo metido por el culo consideraría chabacanas y poco serias. Un lenguaje lo más sencillo posible que huye de los términos específicos siempre que puede es la más evidente, porque atraviesa continuamente el texto, pero a mi personalmente me gusta mucho como intercala anécdotas cotidianas para ilustrar sus ideas y la costumbre que tiene de introducir pequeñas tangentes y chistes después de partes densas del texto para rebajar el tono. El efecto final es que cuando lees algo escrito por David Graeber no da la sensación de estar leyendo un texto sobre un tema, da la sensación de leer a alguien hablando sobre un tema que le apasiona y dando sus opiniones sinceras más o menos según le van llegando (que es, con respeto a la integridad necesaria en un académico, lo que está ocurriendo) (y el tono que yo busco para este blog también).

Eso no quiere decir, sin embargo, que los textos rehuyan temas complicados o explicaciones técnicas cuando son necesarias. El Amanecer de todo es un libraco de chorrocientas páginas que habla sobre el establecimiento del sedentarismo en la humanidad al borde del neolítico y sus consecuencias, que salta alrededor del mundo para poner sus ejemplos y que bosqueja al menos una decena de formas de organización social distintas (incluida una sobre los nativos americanos que a mi me resultó muy interesante), pero se lee como se puede leer una novela de esas que tienen un worbuilding complicadísimo. Un ejemplo que he encontrado en Trabajos de mierda (que es el que me estoy leyendo ahora y el que me ha dado la idea de esa entrada) y que creo que muestra muy bien esto que cuento es el siguiente: […]algunos teóricos de la psicología económica, como Thorstein Veblen, Sigmund Freud o Georges Bataille, han señalado que, en la cúspide de la pirámide de la riqueza […] la línea que separa el lujo extremo de la absoluta gilipollez es muy delgada. ¿Cuántos académicos utilizarían absoluta gilipollez para hablar de una gilipollez absoluta?
El resumen es que escribía muy bien este hombre, hablaba de temas que (a mí me parecen) muy interesantes, que es una pena que se muriera y que lo que yo digo no dejan de ser palabras que yo he dicho hasta que cojas un libro y compruebes si son ciertas. Mi recomendación es que no hagas lo que hice yo y empieces por Ilustración Pirata, porque probablemente sea el más concreto y menos ameno de todos los que tiene y que en vez de eso cojas Fragmentos de antropología anarquista para ver si te gusta el rollo o, si ya tienes costumbre de leer no ficción, En Deuda: una historia alternativa de la economía, que es un libro maravilloso que puede que le de la vuelta a la forma que tienes de plantearte las ideas económicas que ves y experimentas en lo que viene a ser tu vida. O el primero que veas en la estantería, que al final yo soy un post en un blog cualquiera y no un policía para obligarte a hacer nada.