Yo era (y en buena medida sigo siendo) de la opinión que las obras que se consideran clásicos de culto en la mayoría de los estilos artísticos son, por no decirlo demasiado a lo bruto, generalmente un poco coñazo. En este último año y pico me he encontrado algunos ejemplos muy notables de lo contrario, principalmente el muy maravilloso Quijote y la película de la que vengo a hablar, Los Siete Samurái, una película que está considerada como una de las más importantes de la historia, dirigida por el legendario Akira Kurosawa y que cualquier cinéfilo que se precie pone más o menos a la misma altura Reservoir Dogs, el Séptimo Sello y la del caballo de Nietzsche en su pódium de películas que hay que ver una vez en la vida. Yo no sé de cine, eso que quede claro. No sé lo que es un plano irlandés, no sé lo que es una buena iluminación y no se lo que es un guion profundo, pero sí que sé cuándo una película me gusta y cuando no, y esta me gustó mucho, pese a que es muy larga.

El cine, como obra cultural, es de esos inventos genuinamente humanos (o puede que no tanto, las orcas están más cerca de nosotros de lo que creemos) que existe solo porque la voluntad de unos cuantos humanos así lo han decidido y que cada humano experimenta, ama, odia o ignora por sus motivos particulares. En mi caso, como soy así (idiota), una de las cosas que me gusta mucho al ver películas es fijarme en cómo de buen ejemplo, en lo que podríamos llamar un sentido ético, es tal o cual personaje. Es algo que también hago con los cómics, por ejemplo, pero no con las novelas (a saber por qué).
Todas las películas y todos los personajes de película demuestran una ética concreta, eso es impepinable y vino gratis con el hecho de tener un lóbulo frontal hiperdesarrollado y una necesidad fisiológica de construir relaciones sociales para no morir de hambre y frío cuando eres un bebé. Eso no significa que todos tengan la mismas (aunque hay muchas que se repiten, evidentemente) y ni siquiera que todos tengan intención de hacerlo, pero a poco que te pongas a buscarlo, tienes para escribir ríos de tinta con el tema. En el caso de los Siete Samurái yo me quedé con una idea que los días siguientes a verla fui madurando hasta estar completamente convencido de ella: cogiendo unas pocas cosas de cada uno de entre los siete samurái se puede construir el ejemplo ético de la persona perfecta. Desde entonces llevo con la intención de ponerlo por escrito, pero como no soy la persona éticamente perfecta y me distraigo con eso de que descubramos un nuevo fin del mundo cada dos semanas, pues llevo alrededor de medio año sin haberme puesto a ello.

Antes de seguir, tres apreciaciones. Primero, lo que viene va a quedar un poco moñas, porque no se puede hablar de la persona ideal sin que quede moñas ni siquiera si lo intentas específicamente. Segundo, los nombres se me dan muy mal y más aún los nombres de personas que no son reales, con los que nunca he interactuado, en un idioma que no es el mío y que escuché hace meses. Si me equivoco con los nombres de los personajes, que quede claro que no es eso lo importante. Tercero, si has visto la película, bien y si no también, porque es el ejemplo lo que me importa, no que sean concretamente samurái de los Siete Samurái. Empecemos:
De Kambei, el líder de los samurái, dos cosas: Primero, la confianza en otros seres humanos y en sus capacidades para lograr en conjunto cosas que van más allá que la suma de las partes. Él es el que reúne a todos, el que reparte las tareas según las capacidades de cada uno, escuchándoles y entendiéndoles y haciendo que estén donde más pueden aportar, sin pedirles nunca nada que el mismo no estaría dispuesto a hacer. Segundo, el reconocimiento de las tradiciones y los símbolos como herramientas a utilizar y no como tesoros a defender, siendo capaz de sacrificarlas sin dudar por un bien mayor, como cuando se afeita el moño que le marca como samurái para conseguir salvar al niño. En definitiva, intentar entender el mundo como es, no como se supone que es, y aplicar a cada situación los actos concretos que hacen falta, sin dejarse llevar por generalidades.
De Katsushirō son también dos cosas las que me importan: Primero, la actitud idealista que tiene. Es el más joven de todos y se podría considerar que más que idealismo lo que tiene es ingenuidad, pero la verdad es que no se puede luchar por cambiar el mundo sin creer en que se puede conseguir cambiar el mundo. Segundo, reconocer que se puede encontrar un maestro en cualquier parte y que merece la pena aprender lo que no se puede enseñar. Katsushirō decide seguir a Kambei no porque este sea un samurái de renombre y un gran guerrero, lo hace porque ve que es capaz de sacrificar algo que para tantos es tan sagrado como el estatus social (el tema del moño) por hacer lo que considera correcto.
De Gorōbei se podría decir mucho de lo que ya he dicho con Kambei, porque son personajes similares, pero como no quier repetirme y creo que también es importante, destaco la funcionalidad. No hay nada que pueda hacerse sin decenas de otros pequeños actos para prepararlo y llevarlo adelante. Entender qué se quiere hacer, qué cosas tenemos disponibles para hacerlo y cómo es posible aplicarlas mejor es una habilidad que se aprende a lo largo de una vida, pero que se puede entrenar y afilar para cuando sea necesario hacerlo. Un ideal solo sirve de algo si se lleva a la práctica y hay que se práctico para poder conseguirlo.
De Kyūzō escojo algo que considero muy importante: Merece la pena dedicarse absolutamente a aquello que de verdad te encanta, pero manteniendo siempre la perspectiva. No se entrena con la espada toda una vida porque se quiera ser mejor que todos los demás, se entren con la espada toda una vida porque se quiere ser mejor que uno mismo una y otra vez (esta interpretación probablemente se vea muy influenciada por el manga Vagabond, que me estaba leyendo en las mismas fechas y que va más o menos de este tema).
De Shichirōji una cosa que parece menor pero que no creo que lo sea: Cuando Kambei, casi al principio de la película, le está reclutando, le dice que esta vez es muy posible que muera y Shichirōji simplemente sonríe. Esa es la actitud que hay que tener ante la muerte.
De Heihachi, muy en relación con Shichirōji, es su actitud ante la vida. Es un personaje que se nos cuenta que ha sufrido mucho, ha vivido y participado en tragedias y masacres, pero es con mucho el más alegre del grupo, constantemente haciendo bromas con todos y riéndose de cada cosa que les pasa. Es el que pinta la bandera de los Siete, que en sí misma es una broma hacia Kikuchiyo. Nunca hay que perder la risa, porque perder la risa es perder quién somos.
De Kikuchiyo solo puedo destacar la lección que aprende al final de la película: son los actos los que hacen al samurái, ni los títulos ni la opinión de los demás. Al comienzo se dedica a enseñar un documento falso que dice que nació en familia de samurái a todo el mundo, exigiendo con ello respeto y no siendo capaz de lograrlo. Más tarde, reconoce que es hijo de granjeros, pero su lucha y sacrificio le convierten en lo que siempre ha querido ser y le dan el respeto de los demás que siempre ha querido tener. Actos, no palabras ni papeles.

Una persona que tuviera estas cualidades, que las entrenara y las cuidara, sería una persona con la que se podría hacer cualquier cosa, alguien capaz realmente de cambiar el mundo, cambiar a los demás y cambiarse a sí mismo cuando haga falta. Pudiendo ser una persona así, no veo por qué motivo nadie querría ser de ninguna otra manera.